Todo sobre el lenguaje

“(Las)Administraciones aún hablan de ‘niños abandonados’ cuando los padres renuncian a ellos. Y no son niños abandonados, son niños a los que los adoptantes se ven abocados a dejar sin su tutela, en manos de los servicios sociales. Porque el huracán no tiene remedio”. Yolanda Guerrero, El País.

Si hay algo que realmente importa es el lenguaje. Las cosas son cuando las nombramos y son como las nombramos. El capitalismo depredador tiende a renobrar la realidad cuando pretende hacerse con un nuevo pedazo del mundo que vender y comprar. Ya no habla de vientres de alquiler sino que habla de maternidad subrogada, que es un término ridículo para designar la compra venta de seres humanos. Una mujer puede morir a manos de su pareja o ser asesinada por ella. Dependiendo de cómo se nombre, la sociedad puede enfrentarse a la violencia de género o seguir pensando que esas muertes son un hecho natural.

Yolanda Guerrero, periodista y ahora novelista, construye toda una perífrasis -también  moral- para evitar la palabra abandono, con un lenguaje marrullero en donde los culpables se disfrazan de víctimas y las verdaderas víctimas, los menores, desaparecen como sujeto y como centro de nuestra atención y por tanto, de nuestra compasión.

En su novela “El huracán y la mariposa”, Guerrero aborda el tema de las adopciones fallidas desde la perspectiva de las familias, no de los menores. “La escritura le ha servido para aligerar “el equipaje” de muchas personas que han adoptado un niño o una niña y el desapego rompió desde el principio el encanto soñado por el adoptante”.

Está claro que el punto de vista y la empatía recaen solo en un lado de la ecuación, el de lxs adultxs. Guerrero construye todo un cuerpo narrativo que sirve de coartada moral y cultural para justificar un maltrato y un abuso sobre las bases de un supuesto impedimento insuperable e inesperado.

Desmontemos esta fábula.

  1. No existe el derecho a ser madre o padre, son los menores los que tienen derecho a tener una familia. La ruptura de un supuesto encanto soñado por el adoptante no puede servir como excusa pueril para justificar que alguien no quiera asumir las consecuencias de sus acciones. Los adultos tenemos la obligación de encarar las consecuencias de nuestras acciones y decisiones aunque dichas acciones nos desemascaren y muestren lo peor de nosotrxs mismxs a los demás.
  2. La adopción es un proceso largo, burocratizado, costoso -no solo en el plano económico-y muy regulado que involucra a distintas administaciones públicas,  garantista con los derechos de los menores y que se tiene que ratificar por vía judicial. Durante todo el proceso hay mucho tiempo para reflexionar sobre lo que se está haciendo, el primer impulso romántico, si lo hubiera, queda enterrado enseguida por las propias administraciones que se encargan de explicarte, detalladamente y de forma cruda,  todos los problemas a los que te vas a enfrentar, incluyendo el (posible/probable) rechazo del menor adoptado.
  3. Una vez hecha efectiva la adopción, las familias adoptantes tienen las mismas obligaciones y derechos que las biológicas, no existe ninguna diferencia en términos legales entre un descendiente adoptado y uno biológico, sí, acaso, las familias adoptantes tenemos ciertas obligaciones morales para con nuestrxs hijxs.
  4. Los menores susceptibles de poder ser adoptados son menores en situación de desamparo que han pasado por experiencias personales muy complejas: orfandad, abandono, malos tratos, violencia sexual, desnutrición… y pueden sufrir también patologías físicas y psíquicas (más o menos severas) que muchas veces se manifiestan con el paso del tiempo.
  5. Las familias adoptantes son advertidas de estas circunstancia durante todo el proceso, en ningún momento se oculta a las familias la complejidad emocional y psicológica que implica, para el menor, una adopción. Y, aunque seguimos padeciendo los recortes sociales, las administraciones prestan consejo y ayuda para enfrentarse a dichas situaciones. Las familias no estamos desamparadas: los propios servicios sociales, los servicios médicos públicos, las agencias de adopción y muchas veces las asociaciones de familias adoptantes, ofrecen servicios de asesoramiento y terapia.
  6. El apego (attachment) es aquel vinculo que se establece con un cuidador principal y que prevalece por encima de otras necesidades biológicas. Los trastornos de apego los sufren los menores, no las familias, y son los menores sus únicas víctimas. Un menor con problemas de apego es un menor incapaz de confiar, un menor aterrorizado, desvalido y solo. Sus efectos a largo plazo son bastante severos: retraso intelectual (más profundo en el lenguaje), problemas en las relaciones sociales e incluso mortalidad.
  7. Una familia que decide entregar a su hijx a los servicios sociales está desatendiendo sus obligaciones legales con dicho menor. Esta acción solo puede tener un nombre: abandono. En el caso de un menor adoptado la herida de este segundo abandono es tan profunda que es casi imposible que se pueda recuperar de ella. Cuando la adopción es internacional las consecuencias son aún más dramáticas, desarraigando a un menor, al que se ha arrancado de su país, para volver a dejarle, desamparado y exiliado de todo lo que conoce, empezando por el idioma, en un país extranjero y extraño y sin posibilidad de regresar allí de donde procede.
  8. Son las familias las que se ofrecen a adoptar y por tanto son las familias, cuando desantienden sus obligaciones legales y morales, las únicas responsables de dicha situación.

Dice Guerrero que ha escrito su libro para limpiar la conciencia de las familias que han renunciado a sus obligaciones y quitarles el estigma social que arrastran. Afirma que son personas que han sufrido y siguen sufriendo. En ningún momento se menciona el único sufrimiento que importa, el de las víctimas, el de las niñas y niños que han sido abandonados por aquellxs que se comprometieron a cuidarles y amarles.

El sufrimiento de los verdugos puede que sea literario pero es moralmente irrelevante.

Llamemos a las cosas por su nombre sin miedo. El lenguaje sí importa, no dejemos que se escondan las injusticias detrás de él.

Estigma social y vergüenza arrastran esas familias, como diría mi madre, poco me parece.

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Black lives matter

http://blacklivesmatter.com/

Cada vez que H. hace algo nuevo que la saca de su círculo de confianza,su primera semana de atletismo, el cursillo de verano de piragua, un cumpleaños con niñ@s que no la conocen, un/a profesor/a o alumn@ que se incorpora al colegio…, siempre, y recalco el siempre, acaba escuchando algún comentario despectivo sobre su color de piel. No falla. Nunca. Muchas veces esos comentarios se hacen delante de aldult@s que no hacen nada por corregir o reprender a quienes l@s hacen cuando no son ell@s directamente l@s responsables de decirlos.
El racismo es real, nos rodea, a veces es virulento, como cuando H. tiene que oir que su piel es del color de la mierda. otras veces es estúpidamente pacato, como cuando alguien dice “negrita” o “de color” como si el resto de nosotr@s fuésemos traslúcid@s como el agua.
Hay familias en el colegio de H. que dicen que los sobresalientes de mi hija se los ponen por ser negra, para que no acusemos al colegio de racismo. Otras veces un padre o una madre te acusa de exagerar porque su hij@ al decir “Oye tú negra” no está insultando a nadie, solo describiendo una característica de tu hija a lo que no te queda más remedio que decir que cuando tu hija diga “Oye tú, gilipollas” está simplemente describiendo una característica de su vástago.

Pienso además en el día de mañana, cuando H. sea adolescente y adulta y camine sola por la calle, pienso en las miradas que le echan ahora y de las que aún la puedo proteger con una palabra, un apretón de manos, pienso en que tendrá que llevar con ella el DNI a todos lados porque algún policía cafre no computará en su mente que el color de mi hija no determina su nacionalidad. Pienso en lo que debe de ser entrar en una sala y ser la única, la especial, la que llama la atención por su color de piel, sentirse siempre en minoría. Pienso en esas madres con hijos negros que se convertirán en hombres negros y que tendrán que soportar un racismo más bestia, más visceral, menos paternalista que el de mi hija.
Pienso en las madres de los 120 jóvenes negros asesinados por la policía en EEUU, pienso en el terror de saber que su vida no vale nada. Pienso en los titulares arrinconados sobre sus muertes y las portadas a todo color cuando un hombre negro comete un delito. Pienso en todas esas cosas y me da vergüenza ser blanca cuando miro a los ojos de mi hija, cuando la veo llorar de impotencia porque, una vez más, alguien, al hablar con ella, le ha dicho “Oye tú,negra”.

Black Lives Matter Black Friday

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It’s my party and I cry if I want to

El otro día me di de bruces con un artículo en el Huffington Post -medio detestable donde los haya: pertenece a una millonaria, en España al Grupo Prisa, se financia mediante publicidad y l@s bloguer@s no cobran, pero me desvío del tema- que se titulaba: “5 cosas que dice la gente que no tiene hijos y que sacan de quicio a los que sí”. Ya el título resulta molesto por dos razones, por ese cinco escrito en número que denota una dejadez imperdonable y por la asunción de ese plural universal. La cosa pintaba mal y empeoró según avanzaba en su lectura.
Este es el resumen de las cinco cosas que toda persona sin hij@s nos dice a las que sí tenemos y que por lo visto nos sacan de nuestras casillas:
5. Sé a lo que te refieres, acabo de adoptar un perrito.
4. Qué cansado estoy.
3. Estoy todo el día ocupado, no tengo tiempo libre.
2. Estoy sin un duro, he tenido tres bodas este año.
1. Cuando tenga hijos, no pienso dejarles [rellenar el hueco con cualquier actividad inapropiada].
Vista la lista de agravios no pude evitar soltar un resoplido que no sabía si nacía de lo estúpidas y pueriles que me parecieron sus quejas o de la vergüenza ajena que sentí al verlas en negro sobre blanco.
Casi no sé ni por dónde empezar:
Empezaré por el lado feminista. Este nuevo tipo de “madre sufridora” no es más que el reverso tenebroso del “ángel de hogar”; al final tal parece que las mujeres nos definimos solo y exclusivamente como madres y desde la maternidad. Da igual que asumas el rol de hipermadre feliz y realizada o el de la madre angustiada y desbordada: al final tus hij@s, tu maternidad es la que te define como mujer, la que marca tu rol y tu sitio en la sociedad. Y esa es una asunción peligrosa, no sólo porque parece que la vida de aquellas con hij@s comienza y termina con ell@s, es que tal parece que esa vida es infeliz por definición y que esa infelicidad nos coloca en un escalafón superior al resto de los mortales. Estas madres sufridoras sustituyen a l@s protomártires del cristianismo, sacrifican sus vidas por el bien de la sociedad. Me parece que es asumir un rol tremendamente perjudicial y trasmitir unos valores tristes y egoistas a tus hij@s. Porque la vida de estas madres se reduce exclusivamente al ámbito familiar, se definen en y por su progenie y en el sacrificio que hacen del resto de sus facetas (laborales, sentimentales…) y de su propia felicidad y bienestar, un rol que seguramente traten de inculcar a sus hijas. El ángel del hogar, ahora cansada y agobiada pero consciente del sacrificio que hace por el bien de la progenie. Al final no nos hemos movido mucho del papel que la heteronormalidad dicta para nosotras.
Por otro lado tal parece que la vida de aquell@s que no tienen descendencia es por definición un camino de rosas. Así que volvemos a las mismas: ser madre es un infierno y los, pero me temo que sobre todo las que han optado por no reproducirse, viven una vida feliz y despreocupada y todas sus quejas son fruto de su inmadurez y de una mentalidad caprichosa. Y eso me lleva al segundo punto de mi reproche: este tipo de artículos no hacen más que visibilizar esa tendencia, acrecentada por las redes sociales, del infantilismo de ciertas clases medias urbanas. Por infantilismo me refiero, por un lado, a pensar que nuestras experiencias, alegrías y sufrimientos son únicas, más intensas, definitorias y asombrosas que las de los demás y, por otro, a la falta de aguante ante las críticas, opiniones y discrepancias del otr@. Juzgar y molestarse porque alguien te diga que está cansado o no tiene tiempo porque no eres capaz de ponerte en su lugar, de salir de tu propio mundo, de entender que hay otras vidas que no son ni peores ni mejores, sino otras, es cerrarse al mundo y a las personas. Cada cual sufre y siente de manera personal; salir de tu propia burbuja y entender que hay vidas distintas nos conecta los un@s a l@s otr@s, nos convierte en sociedad, nos enriquece y al mismo tiempo nos ayuda a relativizar lo nuestro. Cuando yo veo a la pareja de ancianos paseando a su perro no los juzgo y me coloco en una posición superior porque yo soy madre y cuido de mi cachorrita humana. Si alguien está agotad@, no lo desprecio porque lo está por hacer zumba mientras yo lo estoy por haberme pasado la tarde planchando. Yo no sé si esa persona se levanta a las cinco de la mañana para colaborar en un comedor social o si cuida de un familiar enfermo o si simplemente se toca las narices todo el día. Empatía y sororidad, así se construye una sociedad, no juzgando y colocándonos es pedestales de sufrimiento y superioridad moral.
Yo soy feliz siendo madre, y hay días en los que soy infeliz por ser madre, soy madre y editora y la pareja de X. y la amiga de B. y la lectora de comics y la que oculta su nuevo tatuaje a su madre y la que cuenta los días para ver a Wilco y la que se sabe de memoria diálogos del Señor de los Anillos. Soy la que odia poner lavadoras, se hace la despistada con la plancha, la que pide comida al chino porque le da pereza cocinar, la que tiene una vida, y hay días que es feliz y otros está cansada, enfadada, triste… igual que tú y que tú y que tú…

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Esto es Halloween

Hete aquí una pequeña declaración de intenciones sobre el tema de Halloween nacido tras leer en Facebook una sentida y hermosa reflexión de Sofía Castañón.
La histriona y artista de Broadway fracasada que hay en mi interior agradece que se haya ampliado de una a dos las posibilidades de salir a la calle disfrazada (descartada queda la Semana Santa porque no me favorece la mantilla). Y, si siendo atea. pongo el árbol todas las navidades porque a H. le gusta un brillo más que a mi una canción de Pearl Jam, pues en Halloween visto a mi niña de bruja o murciélago y reparto chuches con forma de cerebro y ojo a la salida de la escuela tan tranquilamente. Porque sí y ya está. Que la vida es muy chunga y todo lo que sea alegría y comer dulces debería ser recetado por el médico.

P.D. En el cole de H. este año no dejan disfrazarse por Halloween, pero H. no tiene la culpa de que hoy su moño nos quedara parecido al de la novia de Frankenstein y que a mi accidentalmente se me disparara el spray colorante del pelo justo en los laterales de su peinado. Que conste que cumplimos con el espíritu de la leyes.

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Una lágrima

Cuando mi hija se enteró de la muerte de Mandela pude ver cómo se le escapaba una lágrima furtiva que trató de ocultarme porque le da vergüenza que la veamos llorar. H. con ocho años se siente profundamente orgullosa de Mandela y de Leymah Gbowee, le encanta oir hablar de ellos en la escuela con respeto y admiración. No es habitual para H. que en la escuela se muestre a personas negras y africanas como modelos a seguir. Es nuestra labor, la de su padre y su madre, el enseñarle que África, donde ella nació, es un lugar lleno de riqueza, belleza y gentes con talento. Y claro, también hablamos del apartheid, del racismo, de Rosa Parks y de Malcolm X. Y por qué mamá se enfada cuando Beyoncé aparece con la piel photoshopeada para parecer más blanca, por qué no deja que se alise el pelo e insiste en que lo lleve suelto y rizado (y mamá recuerda con pena y horror los anuncios de cremas blanqueantes que vio en Addis Abeba y siente mucha vergüenza).

Y ahí está Mandela, liderando mano a mano con Will Smith el podium de los héroes de mi hija, por encima de Campanilla y la prota de los Juegos del Hambre. Porque como dice H.: “Mami, yo soy negra y mujer así que voy a tener que ser muy valiente”.

Entonces Mandela se nos murió y llegaron los Juegos Funerarios y nadie quiso perderse el show.

Y se presentaron a su funeral presidentes que mandan bombardear paises como acompañamiento del café de las mañanas, primeros ministros de reinos que fueron cómplices y aliados de los afrikaaners, dictadores, estrellas del rock, y claro está, el ínclito Mariano, lleno de emoción y respeto al volver a pisar el estadio donde la Roja se proclamó campeona (oe, oe, oe). Y entre discurso y discurso -con su farsante traductor a la lengua de signos, ¿cómo traducir lo que de por sí era una farsa?- sacamos tiempo para hacernos unos selfies. No es habitual que tanto VIP se junte y hay que dejar constancia del momento, al fin y al cabo Instagram se inventó para documentar el declive de occidente y ponérselo fácil a los historiadores del futuro. Es una buena pena que ningún emprendedor avispado se pusiera a vender camisetas de “Yo estuve en el funeral de Madiba” para que nuestros líderes se pudieran llevar a casa un bonito recuerdo tangible.

Mientras, los medios de comunicación y los tertulianos se escandalizan porque Raúl Castro estuviera en el funeral de Mandela, y nos hablan de cinismo y de falta de valores democráticos al tiempo que ocultan que Cuba luchó contra el apartheid en Sudáfrica y Angola (2.107 soldados cubanos murieron en la batalla Cuito Cuanavale, en Angola, en 1988, considerada por el propio Madiba el punto de inflexión de la lucha contra el apartheid) mientras que en USA se orquestaban golpes de estado, se financiaban guerrillas de narcos y se armaba a los talibanes. No dicen que Mandela era comunista y que hasta hace cuatro días fue considerado un terrorista por EEUU (el mismo país que madó a cuatro presidentes a su funeral) porque defendió la legitimidad del uso de la lucha armada. Es a este hombre al que hay que recordar y reivindicar, con todas sus luces y sus sombras, no esa figura idealizada e infantilizada que nos tratan de manufacturar, un Mandela para todos los públicos, un Mandela Disney.

No sé que hubiera pensado Mandela del show que se montó en su funeral, un espéctaculo para salvar la cara y mostrar al mundo que nos gobiernan idiotas con mala conciencia que pretenden aparentar bondad. Un espectáculo que solo sirvió para confirmar que el emperador siempre ha estado desnudo solo que ahora lo enseña orgulloso por Instagram. Supongo que se sentiría asquedado como lo estamos los que realmente apreciamos las lecciones que Mandela le dio al mundo, los que sabemos que los cambios son difíciles y exigen sacrificios, los que aún recordamos a los que se quedaron por el camino. Los que creemos que hay que seguir luchando.

En mi caso la lágrima furtiva de una niña de ocho años que sabe que tiene que ser muy valiente sería homenaje suficiente.

 

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Hoy empieza todo

Hoy empieza todo

Creo que ya he comentado más de una vez que el estado natural de la maternidad/paternidad es la duda constante. En el mismo momento en que decidimos ser padres y optar por la vía de la adopción, a X. y a mí nos asaltaron todo tipo de dudas: dudas de tipo filosófico-metafísico (¿seremos buenos padres, haremos bien en adoptar, le trasmitiremos a nuestro hijo nuestras neuras, le amargaremos la vida…?) y otras de carácter puramente práctico (¿adopción nacional o internacional, qué país, qué rango de edad, le dejaremos su nombre original o le pondremos también otro escogido por nosotros, le pondremos de primer apellido el mío o el de X., buscamos una casa más grande, quién va disfrutar de la baja, le valdrán estos zapatos…?).

Pero hubo un tema que desde el principio ni a su padre ni a mí nos generó la más mínima duda: la escuela. Nuestro hijo o hija iría a la Escuela Pública, es más, iría al colegio público que le correspondería por zona. No miramos nada, no preguntamos a ningún padre o madre a qué colegio mandaba a sus hijos, no merodeamos por la inmediaciones de ninguna escuela para ver si era la adecuada, no pedimos entrevistas con los equipos directivos de ningún centro ni falseamos los datos del padrón. Cuando H. por fin llegó, pedimos cita con la directora del colegio para explicarle nuestra situación, la matriculamos y cuando consideramos que por fin estaba preparada para empezar, la llevamos. Y es quizás una de las mejores decisiones que hemos tomado por nuestra hija. Porque el cole de H. quizás no sea el cole más bonito del mundo, queda mucho por hacer, muchas cosas por arreglar, son muchas las cartas y las firmas que mandamos a la Conseyería y al Ayuntamiento para que cumplan con sus obligaciones y promesas. Y muchas veces los padres y las madres nos enfadamos porque nos parece que avisan con poco tiempo sobre ciertas actividades y hay que improvisar sobre la marcha disfraces o trajes de asturiana, porque no funciona del todo bien la página web o porque creemos que llevarlos todos los años a ver cómo se recicla la basura es excesivo. Pero en el cole de H. la directora y las profesoras conocen a todos sus alumnos por su nombre (es un cole pequeño, de barrio, que crece año tras año entre otras cosas por el boca a boca entre los padres) y se pelean con la burocracia para conseguir becas para quienes los necesitan o se quedan mucho después de terminada su jornada laboral para decorar la escuela acorde con las estaciones y las fiestas y cada alumno tiene su percha personalizada con su foto y su nombre. Es el lugar donde mi hija recibe lo más parecido a una educación laica que se puede pedir en España. Y eso que a sus profesoras les han robado una paga extra, les han aumentado las horas, les falta personal (el Ayuntamiento se lleva incluso al bedel para cubrir bajas en edificios públicos y es la directora la que tiene que abrir el colegio y encender la calefacción) y aún así no han perdido la sonrisa ni las ganas de trabajar. No tiran la toalla ante las dificultades. Son las mismas que se emocionan cuando te ven en una marea verde y te dan las gracias.

Y es en ese colegio público donde H. ha aprendido a leer y escribir, donde cada día se le enseña a amar el conocimiento, a respetar a los demás, donde intentan inculcarle hábitos alimenticios sanos y a conocer las tradiciones asturianas. Es en esa escuela donde mi hija comparte espacio con niñas y niños de distintas partes del mundo, de toda clase social y de diferentes religiones, donde se atiende la diversidad, donde H. hace deporte y puede ir a clases de danza, en una palabra, una Escuela Pública de la que sentirse orgullosa.

Y claro que hay mucho que mejorar, me gustaría que, entre otras muchas cosas, la religión saliera de una vez por todas de las aulas o que la llingua asturiana tuviera una presencia real y no meramente testimonial en la escuela asturiana.

Y es por eso que H. va a la Escuela Pública, la misma Escuela Pública que algunos se empeñan con sus contrareformas y tijeretazos en destrozar, porque es allí donde se la educa para ser una ciudadana preparada y libre. Y quizás es aquí donde resida la raíz del problema.

Con lo que no contaban era con que muchos estamos dispuestos a dar la batalla para defenderla.

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La de la mochila azul

Una de la cosas sobre las que más hincapié se hace cuando inicias una adopción, tanto en las entrevistas previas para obtener el Certificado de Idoneidad como en los talleres y cursos posteriores, es que tenemos que aceptar que nuestros hijos llevan a cuestas todo un pasado emocional, lo que ellos llaman mochila. Da igual la edad con la que tu hija llegue a ti, tenemos que asumir que tuvieron una existencia ajena a nosotros, que les rodearon otras voces, otros olores, otros rostros…, cuando adoptas un bebé esta mochila es pequeñita pero cuando tu hija llega a ti con cuatro años, más que una mochila porta una Samsonite.

Aceptar su pasado es duro, es aceptar que no la tuviste en tu vientre, que otros brazos la rodearon antes, que otras personas la quisieron, la vieron dar sus primeros pasos, oyeron sus primeras palabras, le curaron las magulladuras. Aceptar que ha tenido una madre y un padre biológico, una familia que no es la tuya, que formó parte de algo ajeno a ti, que su llegada a este mundo provocó alegría o tristeza, desespero o esperanza pero en todo caso nosotros no formamos parte de esa historia. No estuvimos cuando la pérdida y la muerte llegaron a su vida, no sabíamos nada de eso, no la pudimos consolar, ni acunar, ni explicarle que todo sadría bien. Aceptar la mochila de nuestros hijos es aceptar que son nuestros hijos porque su vida hasta ese momento fue una mierda. Porque son víctimas de la orfandad, de la miseria, los malos tratos, la negligencia, la mala suerte, el abandono…

Todo esto en la teoría porque en la práctica te das cuenta de que a pesar de todo tu hija se sentía querida (por un familiar, un cuidador del orfanato…) y feliz a pesar de todo, porque ese era el mundo que conocía y en el que se sentía segura. Y eso es algo bueno. Y duro, porque no solo tienes que competir con los recuerdos de su vida pasada, sino que tienes que combatir los sentimientos encontrados de tu hija, ayudarla a conciliar la lealtad hacia su pasado con el amor que siente por su vida presente. Y nunca estás preparada del todo y sientes el desgarro de ver a tu hija llorar y añorar y no poder hacer nada más que cogerla en tus brazos y escuchar. Porque la mochila está siempre ahí, aunque no la veas, y nunca se sabe cuándo se va a abrir. Un olor, una cara, un sonido pueden despertar recuerdos y sentimientos. Otras veces sin embargo la mochila permanece cerrada tan herméticamente que no te fías e inicias tu labor rastreadora: sutiles (o lo que tú crees que son sutiles) preguntas, miradas y si no da resultado pasas al ataque directo. Normalmente tu intuición no falla, si notas que hay algo que no va del todo bien, es que hay algo que no va del todo bien, pero no necesariamente en el terreno que esperas. Una pequeña discusión con su prima, una regañina en el patio del colegio, un malentendido con su padre… Pero otras veces das en el clavo y llega la catarsis y los sentimientos salen a borbotones y los miedos y las dudas… Porque no solo somos padres, tambien somos terapeutas, estamos para amar y para curar. Nuestros hijos llegan con un pasado, hay que aceptarlo y no mirar para otro lado y si logramos hacer que se sientan seguros y confiados nos abriran su mente y liberaremos su corazón.

H. es una niña feliz, su risa es el auténtico sonido de la felicidad e inunda todos los rincones de mi casa. Y sé que me quiere pero tambien sé que en su corazón hay un sitio especial para aquellos que la quisieron y la cuidaron antes de que nuestras vidas se encontraran. Y he aprendido a vivir con ello sabiendo que no puedo cambiar sino aceptar su pasado y ayudarla aceptarlo y a asumirlo, pero tambien sé que desde hace casi tres años su padre y yo estaremos con ella construyendo su futuro.

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